Francisco villacorta bañOS




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PROLOGO




1. Aparece este libro cuando se cumple el centenario del primer curso que el Ateneo desarrolló en su recién estrenada sede de la madrileña calle del Prado. En 1884, presidiendo su junta directiva don Antonio Cánovas, se habían inaugurado los nuevos locales con la asistencia del rey Alfonso XII, que levantó encendidas protestas de muchos de los miembros para quienes aquella visita regia era ultraje y provocación a su radical republicanismo. El periodista Luis Morote recordaba la sonora carcajada con que uno de sus colegas de la prensa recibió las palabras de Cánovas saludando al rey, cuya visita «el Ateneo consideraba como una gran honra». El posterior nombramiento del monarca como socio de honor, decidido sin que hubiera sido discutido y aprobado por la Junta directiva, despertaría nuevo y más profundo malestar entre los socios que Iniciaron un voto de censura contra aquella directiva.


No creo que baste con esta única referencia cronológica. También nos encontramos en el centenario de un momento clave para la evolución del régimen político creado por Cánovas: el que marca la muerte, en noviembre de 1885, del rey Alfonso XII, con la que se cerraba el primer tramo de la Restauración y se abría, tras el «pacto del Pardo», un segundo período, que tuvo dramático fin en el desastre del 98.


De otro lado, tienen estas fechas, desde la perspectiva de la historia de la cultura española, una profunda y subrayada significación . En 1884 había aparecido el primer tomo de La Regenta; en la primavera de 1885, Leopoldo Alas sacaba a la luz el segundo tomo de aquella novela que sería pronto una de las claves para entender la sociedad española de la Restauración. Joaquín Costa, la más caracterizada voz del pensamiento regeneracionista, fundaba en 1884 la Sociedad de Africanistas y al siguiente año presentaba la Sociedad de Geografía Comercial y publicaba, en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, su Programa político del Cid Campeador. En diciembre de 1884, Jaime Vera presentaba su Informe a la Comisión de Reformas Sociales que había iniciado sus tareas un año antes.


Ese es el enclave cronológico en que comienza el curso del nuevo Ateneo de Madrid y señala una clara diferencia en la vida de aquella arraigada y prestigiosa entidad cultural. Esa diferencia venía, en gran medida, marcada por el papel que, antes y después de esa fecha, jugaba el Ateneo en la vida cultural madrileña. En su etapa inicial, ese papel había sido señero en el contexto de la precaria situación cultural y científica de la España isabelina; después, en la última década del siglo, aquel papel motor de la vida intelectual madrileña lo compartiría con otras instituciones, empezando por la


1 Cfr. MANUEL TUÑON DE LARA: Medio siglo de cultura española, Madrid, Tecnos, 1970.


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propia universidad, que aún distantes del nivel europeo, protagonizaban la vida científica y la actividad cultural: academias, sociedades de estudio, ateneos, círculos y casinos.

2. El Ateneo del período isabelino ha sido objeto de varias monografías nacidas algunas de ellas del recuerdo nostálgico de sus socios, elaboradas otras sobre una investigación  así, las de Ruiz Salvador o Garrorena Morales 2   en que se historiaba la actividad ateneística en sus múltiples manifestaciones desde sus comienzos en 1836.

Por los salones del Ateneo habían discurrido ya varias generaciones: la primera de ellas, la romántica, que le convirtió en centro de opinión de la vida madrileña y en una de las cajas de resonancia del pensamiento liberal; siguió la generación moderada, el grupo dominante durante el régimen isabelino, que conformó la vida política, administrativa, industrial y financiera de España. Durante aquella década de Gobiernos moderados, el Ateneo se mostró como receptor y transmisor del eclecticismo francés que había perfilado el talante de las clases conservadoras, mostrándose en la vida madrileña como fiel reflejo de aquella actitud intelectual y política, mentalidad definidora del grupo oligárquico que, como escribiría Manuel Azaña, «acabó por anexionarse al Estado convirtiéndolo en una parcela de su partido».

Pero desde la revolución de 1854 hasta la de 1868, nuevo hito en la actividad ateneística y otra de las fechas claves en la vida política española, se sitúa una etapa renovadora del Ateneo. Como recordaba Rafael María de Labra, «tal vez haya sido este el período de mayor animación y prestigio del Ateneo en Madrid. En él consiguió el título de la Holanda de España, por la absoluta libertad con que en su cátedra y sus salones se abordaron y trataron todos los problemas morales, políticos, económicos y sociales, a pesar de que las leyes y los reglamentos mantenían la rigurosa intolerancia religiosa, la previa censura de imprenta, la negación del derecho de reunión y la indisolubilidad del régimen monárquico» '.

Durante el Sexenio democrático se acentuó el movimiento renovador de la vida intelectual española. Giner de los Ríos resumía aquellas viejas aspiraciones en la liberalización de la enseñanza, en el aumento de la autonomía universitaria, en las reformas pedagógicas y en la voluntad de lograr una relación más estrecha entre la vida académica o científica y la sociedad.

Se actuaba sobre el cercano recuerdo de amargas experiencias en el último período del régimen isabelino, cuando más se había deteriorado la situación universitaria, llegándose a momentos tan dramáticos como el de «la noche de San Daniel '. La rutina, la impermeabilidad a cualquier intento de renovación pedagógica o método científico el encastillamiento intelectual, caracterizaban aquella mísera vida universitaria. Como escribía Ruiz Zorrilla, en el preámbulo del decreto de 21 de octubre de 1868, «uno de los obstáculos más resistentes a la generalización de las ideas nuevas ha sido el monopo-


2 A. RUIZ SALVADOR: El Ateneo científico, literario y artístico de Madrid, 1835 1885, Londres, 1971. A. GARRORENA MORALES: El Ateneo de Madrid y la teoría de la monarquía liberal (1836 1847), Madrid, 1974.

3 Cit. en p. 23.

4 Cfr. PALOMA RUPÉREZ: La cuestión universitaria y la noche de San Daniel, Madrid, Edicusa, 1975

.PRÓLOGO XI


lio de la enseñanza. Los establecimientos científicos del Estado se han creído en la posesión de toda la verdad y han mirado con menosprecio lo que salía fuera del cuadro de las fórmulas recibidas. El sabio que, a fuerza de fatigas y perseverancia, descubría una verdad desconocida, en vez de encontrar un puesto entre los maestros de la ciencia, ha sido considerado como un enemigo, teniendo que ocultar su pensamiento como un crimen» '.


Durante los seis años que median entre la Gloriosa y la restauración alfonsina, las cátedras y los salones del Ateneo son cauce del pensamiento democrático, de las doctrinas librecambistas y, sobre todo, de la filosofía krausista. Esa atmósfera de apertura, de crítica hacia la enseñanza y la cultura oficiales, de intercambio, incluso de ósmosis, con otras entidades creadoras o transmisoras de cultura contribuyó a enriquecer y a diversificar las actividades del Ateneo. Esa es, fundamentalmente, la perspectiva en que se le contempla en este trabajado y brillante estudio de Francisco Villacorta: el Ateneo considerado como academia científica, como instituto de enseñanza y como círculo literario y observado no como el individualizado caso español, aislado y «típico», sino estableciendo su paralelismo con otras instituciones europeas coetáneas como la Royal Society británica, la Academie des Sciences francesa o el Atheneum londinense que era también, como lo definía Labra, «Cenáculo político, tertulia literaria y reunión puramente social». Lo que, ya de por sí, constituye un acierto del autor, acostumbrados como estamos al estudio de instituciones o acontecimientos españoles con un absoluto olvido o desinterés del contexto internacional en que nacen o se producen.

3. El Ateneo de la Restauración es menos vivo e inquieto que el de los años del Sexenio. «Sobre la Restauración y el Ateneo pesa la mano de Cánovas», escribiría Manuel Azaña, que veía a comienzos de siglo sus aulas progresivamente llenas de «frialdad, silencio y vejeces». Aunque, en vísperas de la primera Guerra Mundial que tanto agitaría las polémicas ateneístas, observaría complacido Azaña, desde la secretaría de la institución, cómo en sus aulas aún se manifestaban «novedad en las ideas, tolerancia para las opiniones ajenas y en los grandes torneos del salón de sesiones un plantel de maestros de la oratoria»

La tribuna del Ateneo fue en la última década del siglo quizá el primer centro creador de opinión pública, muy especialmente por la atención que le prestó la prensa y el eco y la colaboración que tuvo de los grupos intelectuales, comprensiblemente críticos hacia la cultura oficial representada por la universidad. «Sin sobresaltos ni demasiadas mudanzas», como advierte Francisco Villacorta, las aulas del Ateneo son por aquellos años refugio seguro del libre pensamiento y de la abierta polémica, y sede de cursos, coherencias y debates. Por, sus aulas discurre la atención hacia temas muy vivos y urgentes: los problemas de la instrucción pública, la sanidad y la higiene, la cuestión colonial, la política exterior de España, el papel del Ejército en la vida nacional, la situación universitaria o el secular atraso CIENTIFICO. De todo


5 Cit. en MARIANO y JOSE LUIS PESET: La Universidad española, Madrid, Taurus, 1974, p. 766.


6 MANUEL AZAÑA: El Ateneo, en Tardes madrileñas, Obras Completas, Méjico, Oasis, 1965, t. 1, p.

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ello se informa y se polemiza, aunque no se logren soluciones inmediatas a los problemas expuestos y todo suela quedarse en pura crítica de Ateneo, si bien sacuda ésta a algunos sectores adormecidos de la opinión y contribuya a crear el clima previo a las decisiones políticas. A plazo inmediato los resultados son ciertamente poco visibles. Ante los grandes problemas nacionales  subraya Villacorta­ «conservadores y liberales coinciden en las discusiones ateneístas en la necesidad de afrontarlos, dentro de sus particulares enfoques partidistas, pero pasan una y otra vez de la presidencia del Ateneo o de sus cátedras a la presidencia del Consejo de ministros o a las carteras ministeriales sin que lo predicado y discutido inspire concretas acciones de gobierno de alcance significativo» '.

4. Hay, al menos, tres temas en que aquella labor del Ateneo, despertadora de una conciencia social aletargada, deba ser rememorada y se nos muestre ahora como una de sus aportaciones más valiosas para el estudio y la valoración histórica de aquella época: son los temas relacionados con el Ejército, con la política exterior de España  en la que se incluye, por cierto, la crisis colonial  y con la precaria situación de la ciencia española. Tres capítulos de nuestra reciente historia a los que se les viene prestando una creciente atención desde la investigación histórica de nuestros días, pero cuyo análisis precisa aún de una labor continuada hasta que se puedan incorporar como piezas debidamente perfiladas a la síntesis histórica del último siglo de España.

Cuantos nos hemos acercado al estudio del Ejército en el enclave cronológico del cambio de siglo, hemos advertido la atenta observación de que era objeto desde la prensa y la opinión pública y el interés que en éstas despertaban cuestiones militares de gran incidencia social como la del reclutamiento y sus formas de exención, especialmente en tiempo de guerras coloniales; pero, a la par, también hemos advertido la desarrollada autocrítica que desde las propias filas del Ejército se dirigía hacia la institución y hacia sus «males», claramente manifiesta en la prensa militar y en las tribunas de ateneos, casinos y círculos militares, si bien fuera sólo representatíva de círculos minoritarios del sector militar. Aún no está elaborada la nómina de los profesionales de las armas ni valorado su papel como miembros del Ateneo de Madrid, de la Institución Libre de Enseñanza o de la Sociedad Geográfica. Por lo que hace al primero, uno de sus socios e historiadores, Rafael María de Labra, afirmaba que el paso de los 2.678 socios en 1864 a los 4.290 en 1879 «se había hecho, en buena parte, con militares y marinos» '. Uno de los arquetipos de aquellos militares ateneístas  aún necesitado de un estudio biográfico  fue el artillero Luis Vidart que, aparte de su gran actividad en el Ateneo y de su condición de académico de la Historia, había sido fundador del Ateneo militar en 1871; amigo de Giner de los Ríos y hombre también muy característico del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza v de sus valores pedagógicos y éticos. «La asociación que hoy constituimos  afirmaba en la inauguración del Ateneo militar  debe ser tolerante, sin llegar a la indiferencia, con todas las ideas,


7 Cit. en p. 58.


8 R. M. DE LABRA: El Ateneo de Madrid (1835 1905), Madrid, 1%6, cit. en M. ALONSO BAQUER: El Ejército en la sociedad española, Madrid, 1971, p. 202.

PRÓLOGO XIII


con todas las teorías; intolerante, sin llegar a la suspicacia, con todo interés personal que pretenda convertir la ciencia en escabel de torpes ambiciones» `.

Desde esa actitud, el espinoso tema de la redención «en metálico» del servicio militar, las reformas propugnadas por los generales Cassola, Martínez Campos o López Domínguez, la renovación en los planes de estudios de las Academias, las cuestiones de organización militar, los problemas presupuestarios, los caracteres del moderno derecho de guerra, los conceptos de «servicio militar» o de «nación armada» fueron, entre otros, objeto de conferencias y de debates en las aulas del Ateneo. Creada en su seno la Escuela de Estudios Superiores, se establecieron en 1896 dos cátedras sobre «La evolución militar en el siglo XIX» y sobre «Historia militar contemporánea». Por ella pasaron conocidos profesores de las Academias militares, cuyos libros fueron texto para muchas promociones de oficiales, como Francisco Martín Arrúe, José Marvá o José Ibáñez Marín.

La permanente crisis colonial que, especialmente desde 1868 hasta 1898, pesó sobre la vida pública española, ocupó también un lugar muy destacado en la actividad ateneísta. Tal preocupación quedaba inserta en una más amplia, la que originaba la política de recogimiento internacional practicada por los gobiernos conservadores, consecuencia, en gran medida, de la postergación de España tras las guerras napoleónicas y del «pesimismo» de Cánovas. Principales portavoces ateneístas de ese interés por sacar a España de su aislamiento fueron Rafael María de Labra, «cubano, autonomista, internacionalista, antiesclavista, ateneísta acérrimo e historiador de la institución», como le define Villacorta, y Segismundo Moret, sin duda el político liberal más dispuesto a la apertura de España y a la opción política de los compromisos internacionales.

La respuesta última a muchas de las cuestiones planteadas acerca de. la política colonial española en Cuba, en Puerto Rico o en el Pacífico  Filipinas o Carolinas ­llegaría ásperamente con el 98, cuyo impacto en la vida del Ateneo quisieron superar muchos de sus abatidos socios recordando los errores cometidos por el gobierno español, algunos de los cuales se hubieran podido evitar si «se hubiese vivido más la vida política internacional; si en España no se desdeñaran tanto los estudios de este carácter y si no privaran, como privan absolutamente en nuestras escuelas y en nuestra prensa, libros e informaciones de una gran exageración patriótica, que explican la historia, el carácter, el papel y poder de España como un verdadero monopolio de todas las virtudes y de todos los éxitos» ".

Se intentó asimilar la lección del 98, sin abandonar los proyectos colonialistas, ahora centrados en el continente africano, cuyo interés ya había sido objeto de cursos y conferencias en la década anterior, muy ligados a la figura de Joaquín Costa y a la actividad de las sociedades geográficas, una de cuyas preocupaciones fundamentales era «la extensión y renovación de la enseñanza de la Geografía como vía de materialización de la ideología


'9 En M. ESPADAS BURGOS: «La Institución Libre de Enseñanza y la formación del militar español durante la Restauración», en Temas de Historia Militar, Madrid, Púb. del E.M.E., t. 1, p. 507.

10 Cit. en p. 153.

XIV FRANCISCO VILLACORTA BAÑOS


colonial profundamente burguesa» `. Como pone de relieve Villacorta, África se toma como «el marco colonial de relevo después del desastre». Los más relevantes conocedores del continente africano pasan por la cátedra del Ateneo. Valga el ejemplo de Emilio Bonelli, uno de los más señeros exploradores del África occidental. Sin que esa fiebre africanista anule el reverdecido deseo de «recuperar América al menos a través de mejores vías y medios de comunicación y de un mayor acercamiento cultural y afectivo. No deja de ser curioso el proyecto presentado en el Ateneo en 1906 de un ferrocarril con Marruecos, a través de un túnel en el Estrecho, que enlazase con Dákar, en el Senegal, de donde debería partir una línea marítima hasta Pernambuco para, desde allí, alcanzar, de nuevo por ferrocarril, todas las grandes ciudades de la América hispana. Siempre hubo en el Ateneo hueco para los soñadores y los visionarios.

5. El tercero de los grandes temas que hemos subrayado entre los que pasaron por las aulas del Ateneo ocupa quizá las mejores páginas de este libro que pretende, sobre todo, el estudio del Ateneo «como hogar espiritual de los intelectuales madrileños y como centro de confluencia de opiniones encontradas de la función del intelectual en la sociedad», camino que ya había explorado con agudeza Francisco Villacorta en anteriores publicaciones 12 y en cuya investigación continúa. Tal propósito de perfilar la figura del intelectual y de su papel en la sociedad le lleva a insertarlo en un tiempo en que comienza a afirmarse el mundo de la profesionalización y la entidad libre, todavía de corte muy romántico, del hombre de ciencia, del escritor o del pedagogo, señores de su ser y su pensar, incluso dueños de su hambre _«escribir es llorar», que decía Larra  se ve inevitablemente atraída por la tutela de la administración y «busca el amparo del Estado, el puesto burocrático retribuido que acaba de sacrificar el último resto de su personalidad» ".

Ese proceso de definición del intelectual y del hombre de ciencia es fenómeno paralelo a ese otro  aún actual  de selección de un modelo universitario: ¿Universidad formadora de profesionales o también de hombres? ¿Sede y portavoz de una cultura oficial o creadora de pensamiento y productora de ciencia? ¿Universidad de funcionarios o Universidad de «maestros y escolares»? Si el Ateneo pretendía ser  como quería Giner  «la gran universidad libre de España» es porque tenía clara conciencia de los males que se acumulaban sobre la Universidad estatal, hasta el punto de que se llegase a afirmar que «no existía en España universidad digna de ese nombre» ". Junto a la «fiebre pedagogista», muy propia de la mentalidad institucionista, en el Ateneo, sobre todo, a la hora de crear la Escuela de


11 ELENA HERNÁNDEZ SANDOICA: Pensamiento burgués y problemas coloniales en la España de la Restauración (1875,1887), Tesis doctoral reprogr., Universidad Complutense, 1982, p. 139.

12 F. VILLACORTA BAÑOS: Burguesía y cultura. Los intelectuales españoles en la sociedad liberal (1808 1931), Madrid, Siglo XXI, 1980.

13 Cit. en p. 89.

14 LEOPOLDO ALAS: La reorganización de nuestra enseñanza superior, en J. SEAGE y otros autores: Una pedagogía de la libertad. La Institución Libre

de Enseñanza, Madrid, Edicusa, 1977, p~ 264.

PRÓLOGO XV


Estudios Superiores (1896)  por cuyas cátedras pasaron los primeros hombres de la cultura y de la ciencia españolas  pesó la preocupación por el desarrollo equilibrado del hombre en lo físico, en lo moral y en lo intelectual; pesó el cultivo, individualizado y libre, de la personalidad; se quiso abrir un mundo de curiosidad científica  para todas aquellas disciplinas que aún no habían llegado a las aulas universitarias o en las que eran olímpicamente despreciadas. Se esforzaron por hacer compatible el valor puro de la ciencia con su aplicación v su utilidad sociales. «Es un hecho generalmente reconocido que las universidades españolas, efecto de su organización, ni llenan el fin científico que constituye su finalidad propia, ni satisfacen el fin profesional que las leyes les asignan. Todos los que hemos cursado en estas escuelas superiores  se afirmaba en la cátedra del Ateneo  hemos sentido al abandonarlas uno de estos dos vacíos: o las lecciones de nuestros maestros fueron profundamente científicas y apenas podemos vislumbrar las relaciones que las unen con nuestra profesión en la vida o, por el contrario, fueron puramente prácticas, en cuyo caso difícilmente nos daremos cuenta del porqué de los hechos» ". La solución a ese desequilibrio la intentó el Ateneo con el estímulo de lo experimental, al crear una serie de laboratorios  a veces propiamente seminarios de estudios  que se sumaban a las cátedras impartidas de forma convencional.

Es posible que el Ateneo, queriendo suplir lo que era tarea propia de la Universidad, no hiciera más que repetirla, con sus mismos fallos y carencias. En algunos casos no podía ser de otro modo, puesto que los hombres que ocupaban sus respectivas cátedras eran los mismos. Villacorta se pregunta hasta qué punto  y con un sentido elitista  no se pretendía reservar a la universidad «la administración de la cultura oficial», dejando a otras entidades, como el propio Ateneo, la difusión del «pensamiento moderno». No fue el Ateneo, como tampoco la Institución Libre de Enseñanza y sus creaciones en el campo de la, investigación científica, la junta para Ampliación de Estudios y el Centro de Estudios Históricos, ajeno a un aristocrático talante de selección y de élite, admirador de lo europeo y ansioso buscador de horizontes científicos y culturales, ante la temprana decepción de la rutina y la ramplonería de nuestra vida universitaria. Recordaba Américo Castro en 1969 «el gran anhelo de marcharse fuera» característico de los jóvenes universitarios de su tiempo. Y rememoraba en la misma carta la impresión que le hizo, a comienzos de siglo, la exclamación de dos franceses en la estación de Granada: «Voila un pays áetre conquis» `. No le importaba la impensable hipótesis de una conquista militar  para rechazarla ya se habían esforzado los españoles en 1808  sino la más probable y lesiva de una invasión ideológica, científica e industrial.

A casi un siglo de distancia, cuando la ciencia española dista sensiblemente de aquella situación de abandono, la pregunta sobre su presente y su


15 F. FERNÁNDEZ DE HENESTROSA, Conferencia en el Ateneo, en La España del siglo XIX, Colección de Conferencias Históricas, Madrid, 1887, t. III, p. 540.

16 " En GUILLERMO ARAYA: El pensamiento de Américo Castro, Madrid, Alianza, 1983, p. 11.

XVI FRANCISCO VILLACORTA BAÑOS


futuro ante el acoso de otros imperialismos científicos y tecnológicos requiere la urgente respuesta de quienes deben asegurarle un desarrollo digno, abierto y receptivo al quehacer internacional de la ciencia, pero no simple parcela colonizada. Para quienes viven esa preocupación serán lectura muy rentable, como reflexión histórica y, sobre todo, como estímulo, las páginas de este libro


MANUEL ESPADAS BURGOS

INTRODUCCION


De entre las múltiples instituciones culturales en las que se concreta y por las que se difunde la variada actividad intelectual de la contemporánea historia de España, tal vez ninguna con prestigio mejor ganado, con más larga trayectoria y con personalidad más sugerente que la que se resume en el nombre de Ateneo científico Literario y Artístico de Madrid. Durante un siglo por el Ateneo pasan como profesores, conferenciantes, polemistas, estudiosos o simplemente oyentes, la muestra más representativa de la intelectualidad española, en todas las acepciones que a este concepto quepa atribuirle. Y en concordancia con esa pluralidad, la nómina de las inquietudes culturales acogidas a su hospitalidad presenta rasgos de una curiosidad casi universal, omni comprensiva del variado utillaje mental de las sucesivas generaciones intelectuales eslabonadas en el mismo crisol ateneísta; en definitiva, el universo cultural y político segregado por la dinámica histórica que ha ido diseñando la sociedad presente, lo mismo en el campo de la filosofía política y jurídica del orden liberal burgués, que en el del pensamiento CIENTIFICO, en la investigación erudita y en las primicias de la creación literaria y artística, sin olvidar una peculiar implicación en las vicisitudes de la lucha política.

Sin embargo, esa misma profusión y desproporcionalidad de sus inquietudes culturales conlleva un primer escollo a la hora de historiar la institución ateneísta: la de resumirse en un mero recuento erudito de sus múltiples actividades, bordeando, o rozándolo someramente, el auténtico entrañamiento social y con frecuencia político de que todas ellas surgen. Todas ellas y no sólo las directamente involucradas en un ámbito teórico de naturaleza social y política en sentido estricto, porque si para éstas no resulta difícil reconstruir el marco histórico económico, social, ideológico de referencia, y existen ya en este sentido trabajos de innegable calidad', no resulta menos posible  aun


'1 Véanse como ejemplo dos obras que a lo largo de estas páginas serán citadas con frecuencia: A. Ruiz SALVADOR: El Ateneo CIENTIFICO, Literario y Artístico de Madrid (1835 1885), London, 1971, y A. GARROUNA MORALES: El Ateneo de Madrid y la teoría de la Monarquía liberal (1836­1847), Madrid, 1974.

2 FRANCISCO VILLACORTA BAÑOS


que tal vez sí más laborioso    para todo el otro conjunto de actividades que se pueden agrupar bajo las acepciones restringidas de culturales, científicas y artísticas. Es más, un adecuado planteamiento metodológico de estos temas permite delinear una concepción dinámica de estos mismos ámbitos o disciplinas culturales. Veamos cómo es posible delimitar de entrada las coordenadas del múltiple quehacer ateneísta.

Desde su origen el Ateneo ha sido considerado indistintamente como Academia Científica, Instituto de Enseñanza y Círculo literario. En la primera acepción se dividía en las Secciones de Ciencias Morales y Políticas, Ciencias Naturales, Ciencias Matemáticas y Literatura y Bellas Artes, en las que se leían y debatían los más diversos temas de actualidad científica, cultural y literaria del momento. Apenas será bastante todo lo que se pondere acerca de la importancia del Ateneo, relativamente solitario primero, en concomitancia con otras instituciones y ámbitos intelectuales después, en la penetración del pensamiento europeo contemporáneo, en el debate inicial de las novísimas teorías filosóficas y científicas nacionales e internacionales, previo a su institucionalización en el medio universitario. No resulta forzado atribuir a esta acepción ateneísta cierto paralelismo con instituciones científicas europeas como la Royal Society o la Academia de las Ciencias francesa, que durante los siglos Xvii y xviii habían sido en Europa la avanzadilla del movimiento cientifísta y que habían contribuido de forma decisiva a la institucionalización de la ciencia', es decir, a su implantación con un estatus académico específico y un método más «preciso, operacional y gradual» que las amplias y ambiguas especulaciones científico naturalistas del movimiento cientifista. Aunque no deja de ser paradójica la presencia de este tipo de especulación de raíz netamente cientifísta  y ya se verá cómo los debates científicos adoptan con frecuencia en el Ateneo, y en general en toda España, esa inflexión  cuando en los principales focos científicos europeos la ciencia había dado ya con carácter general aquel giro hacia la investigación experimental.

En otro orden de cosas, aunque en estrecha relación con lo anterior, las secciones son centros de discusión, de análisis, de contacto intelectual, con profundas raíces en la fe racionalista del siglo xviii: la existencia de una Razón universal impresa en la mente de cada individuo, que debía aflorar allí donde varios espíritus individuales contrastaban sus opiniones en abierta confrontación intelectual; la misma fe que, con diferentes planteamientos, aunque idéntica utopía, ha impulsado el desarrollo de la moderna democracia parlamentaria.


2 Algunos datos básicos del desarrollo CIENTIFICO de esta época en J. D. BERNAL: Historia social de la ciencia, Barcelona, 5 edic., 1979, especialmente vol. I, pp. 340 378. Más en concreto, para el movimiento cientifista y su significado JOSEPH Ben David El papel de los CIENTIFICOS en la sociedad. Un estudio comparativo, México, 1974.

EL ATENEO CIENTIFICO DE MADRID (1885 1912) 3


En cuanto Instituto de Enseñanza, el Ateneo proveía de cátedras públicas y gratuitas donde prestigiosos hombres de cultura explicaron durante mucho tiempo, y, a la sombra de la libertad, disciplinas que todavía pugnaban por encontrar su sitio en la vida académica oficial. Labra lo compara en esta tarea docente con el Colegio de Francia, aunque atribuyendo a éste, frente al Ateneo, la particularidad de estar financiado, intervenido y organizado por el Estado'. También aquí se impone la clarificación de este ámbito cultural ateneísta. En la historia de la realidad educativa los elementos de socialización hace ya mucho tiempo que priman sobre cualquier otro criterio metodológico:


«Si la sociedad llega a ese nivel de desarrollo en que las antiguas escisiones, castas o clases, no pueden ya ser mantenidas, prescribirá una educación más uniforme en su base   decía E. Durkheim en 1922 . Si, al propio tiempo, el trabajo queda más dividido, la sociedad provocará... una diversidad más rica de aptitudes profesionales» 4

.

La creciente especialización es el fenómeno más manifiesto de la evolución de la enseñanza superior en las sociedades modernas, en estrecha correspondencia con el dinamismo y vertebración de las demandas sociales. De esta forma adquiere también una estructura teórica e institucional que le confiere características propias. Si durante gran parte del siglo xix el Ateneo proyecta su actividad cultural por medio de un número limitado de cátedras, más o menos permanentes, es indudable que nos encontramos con una verdadera institución de enseñanza superior, relacionada con el resto de la vida académica en alguna peculiaridad funcional fácilmente comprobable. Si las cátedras se transforman paulatinamente en discursos, conferencias, veladas artísticas y literarias, etc., existen muchas posibilidades de que la misma institución se convierta en una mera plataforma ocasional de grupos políticos o intelectuales cobijados a la sombra de su prestigio. Significaría el paso desde la entidad docente que le atribuye Rafael M. de Labra, con un papel importante en la «producción y el desarrollo de nuestra cultura superior contemporánea» a otra
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