Debemos decir, lamentablemente, que las trade-unions aquí han olvidado su deber como vanguardia de la clase obrera. ( ). Junto a las asociaciones en los ramos




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НазваниеDebemos decir, lamentablemente, que las trade-unions aquí han olvidado su deber como vanguardia de la clase obrera. ( ). Junto a las asociaciones en los ramos
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De Sindicatos a Comunas

Debemos decir, lamentablemente, que las trade-unions aquí han olvidado su deber como vanguardia de la clase obrera. (...). Junto a las asociaciones en los ramos industriales individuales o sobre ellas, debe erigirse una asociación general, una organización política de la clase trabajadora como un todo (...) "

F. Engels


Evidentemente, cuando el viejo Engels escribía estas lineas, lo hacia bajo la decepción que le significaba la nula actividad política del sindicalismo ingles en los 15 años previos a 1881 -data del escrito-. Los sindicatos simplemente habían “olvidado” que su condición de “vanguardia de la clase obrera” sólo podían cumplirla políticamente, es decir, extendiendo su actividad y lucha más allá del horizonte gremial-corporativo. Entusiasmado por los progresos de la socialdemocracia marxista-lassalleana alemana, Engels proponía la conformación de un partido de los trabajadores como la organización política que elevaría la lucha gremial de los sindicatos a un plano superior, el de la lucha política. La formulación de la relación entre partido y sindicatos por parte de Engels no era la más feliz y allanaba el camino a estrategias sustitucionistas. La decepción del viejo comunista en este aspecto, se concreto al no poder evitar el derrotero político de la “Sociedad Fabiana” en Inglaterra (precursora del partido laborista) y el devenir político cada vez más lassalleano de la propia “Socialdemocracia” alemana. La incorporación al parlamentarismo había acabado con la radicalidad de la luchas obreras y, lejos de otorgarles a los trabajadores la ansiada independencia política, no hizo sino subordinarlos con mayor sutileza al Estado burgués. Los partidos de los trabajadores, en vez de “recordarle” a los sindicatos su papel de “vanguardia de la clase obrera” y empujarlos hacia su autosuperación política, simplemente los reemplazaron y, políticamente, los subordinaron al poder político burgués. El propio Marx, quien -como Engels- comprendía cabalmente esta dinámica, no siempre dio formulaciones felices a la estrategia histórica de la clase trabajadora en este sentido, subestimando en varias ocasiones la potencia de la república democrática como soporte político del poder social burgués, y, en otras tantas, avalando ambiguamente a la conformación de un Estado proletario al lado del Estado burgués, armado en similar fisonomía estatal, pero más a lo Rousseau.

Esperamos que este pequeño acto introductorio nos sirva para la evaluación del problema sindical argentino y, más puntualmente, el caso de los municipales cordobeses.

En otras ocasiones nos hemos referido a la naturaleza de la violencia huelguística, a su choque con las libertades civiles, a las manifestaciones sindicales-populares como acción política extraparlamentaria, etc. Ahora, pretendemos remarcar que “debemos decir, lamentablemente, que las trade-unions aquí han olvidado su deber como vanguardia de la clase obrera” y que la izquierda, en general, también lo ha olvidado. No podemos detenernos aquí en el triste papel de la “nueva izquierda” que no solamente apuntalo la protesta sojera, sino que reclama con total desvergüenza la sindicalización de las fuerzas represivas del estado (Se imaginan a la caballería acuartelada para pedir mejores animales para despejar la plaza de mayo en algún nuevo 2001. La motorizada solicitando mejores autos o motos, o la infantería mejores escudos, balas y todo el arsenal de medios antidisturbios?. ¡Y todo ello como consignas izquierdistas de los “trabajadores” de la seguridad!. La desmantelación del aparato represivo es lo que se precisa, no su sidicalización).

Lo que el conflicto municipal demuestra, es, por un lado, las miserias del sindicalismo peronista que se demuestra incapaz de plantear una política independiente no sólo para defender sus trabajadores, sino para plantear un programa propio de “reforma del Estado” en cualquiera de sus esferas. El sindicalismo peronista esta anclado en la burocracia estatal y la convierte en un botín económico que disputa con los funcionarios de turno. En ese contexto, es sumamente sencillo para la prensa empresarial afirmar, implícitamente, que eso es algo así como una dictadura de los trabajadores y deslegitimar cualquier esbozo de poder obrero (no sólo el estúpido uso de la violencia, ¡una simple asamblea es tratada como una afrenta a “los vecinos”!). La prensa liberal, partiendo de un puto conflicto sindical eleva sus disparos contra el “(co)gobierno de los trabajadores”. Amén. Pero, reiteramos, es la propia estrategia de un movimiento como el peronista el que hace posibles tales discursos. Hay un lugar común entre la bobera populista que se enoja ante las críticas -por momentos no menos bobas- de la izquierda socialista al justicialismo, suponen que los obreros son “espontáneamente” peronistas o algo por el estilo. Afirman, sin más, que tal “identidad” se corresponde al carácter popular del movimiento y a las conquistas sociales que trajo con sigo. Sin embargo, nos permitimos apuntarles, la “identidad peronista” de los trabajadores argentinos también fue una construcción despótica realizada desde el Estado, que los gobiernos peronistas no sólo brindaron conquistas sociales, sin también represión y persecución a cualquier disidencia interna -un buen trabajo de investigación sería el de averiguar cómo fue que el justicialismo desmantelo las “identidades” obreras previas a su existencia. Cómo la cultura obrera anarquista, socialista y comunista de los trabajadores argentinos fue suplantada desde arriba por la cultura peronista-. En suma, la identidad peronista de los obreros ha sido producida históricamente -y, también, en forma autoritaria- y continua siendo así, hasta el día de hoy -más allá de las disidencias y conflictos inevitables-.

Ojala el sindicalismo de ideología Justicialista fuera sólo algo así como un movimiento nacional y popular, pero, tenemos malas noticias para los gramscianos populares, el movimiento peronista es más bien un movimiento “estatal-nacional” que “nacional y popular” (no hay que olvidar esta gramsciana distinción). No negamos que existan corrientes genuinas de estas últimas características en el seno del justicialismo, pero el peronismo es, esencialmente, un movimiento estatista y anclado en la burocracia estatal (son históricas las propias luchas entre los estadistas de “el partido” y su “columna vertebral” al respecto y, mal que mal, Daniele y Giacomino son parte del Kirchenrismo). Evidentemente no podemos más que apoyar la lucha de los trabajadores contra los liberales ajustes de un intendente que con “la concertación público-privada” formaliza el diseño de un “plan maestro” para posmodernizar esta ya mercantil y policial Docta, pero nuestra defensa no puede ser acrítica. En la Argentina pos dictadura tenemos algunas experiencias violentas y fracasadas de luchas centradas en el andamiaje del Estado, contra su descuartizamiento liberal y/o contra su condición de botín monopolizado por caudillos político-empresariales del interior; el Santiagazo del 93 y la luchas gremiales de San Luis en el 2005, a modo de ejemplo. Mas lo que alarma y sorprende, es la mezquindad analítica con que los diversos medios progres nos presentan el conflicto, dado que más allá de los municipales, la lucha de esta “concertación público-privada” apunta a demoler toda capacidad de resistencia organizada de los trabajadores ante las perspectivas de la crisis del capitalismo financiero, el ataque de Giacomino no es sólo al bolsillo de los municipales, él mismo lo a planteado como una lucha contra el “demasiado poder del gremio”. Es una lucha política entonces, y vista históricamente, es inmensamente más importante que una misera elección de modelos “maniqueos”. Ya lo vivimos cuando el conflicto de los judiciales y diariamente lo sufren los trabajadores que pelean por conquistar la mínima capacidad de autoorganización.

Ciertamente que las propias conducciones gremiales son las que, reiteramos, permiten tales flancos para el ataque patronal y, término medio, terminan siendo cómplices conscientes o no de los mismos. Seria deseable la conformación de un biosindicalismo (esto es, un sindicalismo que lejos de procurar la seguridad social, apunte a conquistar el espacio-tiempo para el cuidado de sí de las personas que trabajan), de un gran movimiento sindical clasista que agrupe a ocupados, sub y desocupados. A públicos y privados, etc; pero lejos estamos de ello. Aun así, y precisamente con mayor razón, hay que apoyar la resistencia sindical y convertirla en punto de partida para devenires encolumnados hacia aquellos horizontes. Mas no deliremos, ante todo, mejor, al mismo tiempo, los trabajadores deben (re)conquistar los sindicatos, desburocratizarlos y convertirlos en la “columna vertebral” de su poder.

Irónicamente son los amantes del ágora de la docta los que sucumben lascivos ante la demagogia liberal de Giacomino. Este gorila sin gracia, a fuerza de ticks de gestor responsable embruja el irascible marcapasos de “los vecinos” y les edulcora el sueño de gran ciudad, sin pobres o villeros que afeen “su patrimonio”. Este kirchenrista de radical corazón se viste ahora de gendarme y vocifera “Ya han saturado la violencia, las amenazas, los sabotajes, los insultos, las presiones. Estamos en un Estado de Derecho y lo vamos a hacer valer”. ¡L'Police, c'est moi!, ¡L'Police, c'est moi!, logrando el saludo fascista de los movimientos vecinales en forma de aplausos a la represión policial. ¡“Primero la gente”!; el nuevo slogan para travestir la lucha de de clases.

La policía es la violencia del derecho, una violencia que, cómo hemos dicho ya, circula en forma grotesca, permanentemente y sin limitaciones en las relaciones civiles, la única legitima para este orden de cosas y la que condena como criminal todo violencia que no emane de sí y para sí, la violencia disciplinaria que la ciudadanía celebra con el brazo derecho en alto, quien más, quien menos. En fin, la policía es la fuerza del derecho, la fuerza que criminaliza la política “¡Pero nosotros reconocemos el derecho a la protesta!, siempre dentro de los marcos de la ley, siempre que no exceda el entramado policial”. El viejo Marx, con su habitual ironía señalaba: “Derecho contra derecho, decide la fuerza”, pero se olvidaba de remarcar -sólo en esa frase- que si se quiere decidir la contienda en favor de los trabajadores, no pueden estos abandonarse a la fuerza bruta, sino que tienen que hacer un uso político, inteligente de la misma. Que la fuerza debe apuntalarse como forma de afianzar la organización política de los trabajadores y no como un mero medio para defender o conquistar un derecho. Así, si la policía es la fuerza del derecho, la política deberá ser la fuerza anárquica de los trabajadores, el exceso que empuja al orden jurídico a limites imposibles, que lejos de “afirmar el terreno legal”, lo conmueve y lo deja bicicletiando en el aire. La fuerza decide entre dos derechos iguales, ciertamente, pero “La lucha entre dos poderes públicos no se desenvuelve en el ámbito del derecho privado, ni del derecho penal. Es una cuestión de historia saber de que lado está el derecho:”. Esto es lo que se ventila en el actual conflicto comunal, esto es lo que deberíamos “comprender y hacer comprender”, hacia donde deberíamos apuntar, al devenir político, al más allá de la paz policial del derecho, al más allá de la “paz y administración”, a la conformación más o menos violenta del poder social de los trabajadores, al Cordobazo.

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